“Todo tiene su tiempo; tiempo de nacer y tiempo de morir”
Eclesiastés 3:1 y 2
En el abordaje de este artículo intentaremos explicar con claridad los parámetros, y posibles soluciones—contenidas en las Santas Escrituras y el criterio de profesionales—para alguien que ha perdido a un ser amado en diversas circunstancias.
Con certeza podemos afirmar que a nadie le agrada abordar el tema de la muerte; sin embargo, llega, tarde o temprano, como expone el sabio en el texto de nuestra introducción. O como explica una de sus definiciones. “La muerte se concibe como una característica del propio ser vivo desde su origen”. De allí la existencia y desarrollo de las leyes naturales, todo ser vivo, nace, crece, se reproduce y muere. Lo importante es que como personas seamos realistas, que nuestro paso por esta tierra es efímero por ello, debemos poseer las habilidades adecuadas para enfrentarla. Inclusive debemos tener la capacidad para auxiliar a un amigo, vecino o pariente que sufre la muerte de un ser querido. En un proceso de duelo pueden presentarse episodios cómo:
- a) Aturdimiento
- b) Negación
- c) Sentimiento de culpa
- d) Aceptación.
Primera etapa: el aturdimiento
Definición: “Perturbación momentánea de los sentidos que impide razonar y actuar en forma coordinada, debido a un golpe o a una impresión fuerte”. Fuente: Diccionario Larousse. Son manifestaciones primarias que experimentan la mayoría de personas que pierden a un familiar. ¿Cómo debemos manejar este episodio? ¿Que lección obtendremos de un duelo? Si nos toca ir a presentar nuestras condolencias a un vecino o amigo, ¿qué actitud adoptaremos? ¿Qué sentido tiene nuestra presencia en casa de un doliente? ¿Y cómo manejar nuestras emociones y las del afectado?
Si tiene la difícil tarea de consolar debe ser precavido en su pronunciamiento a fin de no afectar a la perturbada familia. “El hombre se alegra con la respuesta de su boca; y la palabra a su tiempo ¡cuán buena es!” Proverbios 15:23. En efecto, como lo expone Salomón debemos tener precisión de nuestras palabras. La frase: “murió por voluntad divina” no se debe pronunciar porque existe la posibilidad en ese instante que el deudo esté quizás en conflicto con Dios; culpándolo por la muerte de su pariente.
Incluso puede manifestar ira por la insostenibilidad del dolor. Debemos ser empáticos—ponernos en los zapatos del deudo—pensar que si fuésemos nosotros los afectados, ¿cómo reaccionaríamos? Hermanémonos con el que sufre, es lo mejor cómo lo expone el sabio, “en todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia”. Proverbios 17:17. Si por nuestro estado emocional, no atinamos que decir, entonces callemos, sin separarnos del doliente; nuestra presencia le hará sentir que no está solo en su dolor.
Las lágrimas: un proceso curativo
Si el deudo llora profusamente, no lo interrumpamos. Las lágrimas constituyen un gran alivio para el alma. Es un proceso curativo cómo explica el doctor Hugo Fuchslochor: “Las lágrimas son el inicio de un camino terapéutico. Un proceso de gran poder de curación y un aliciente para la autosanación en las personas. Las lágrimas contienen ciertas sustancias que nos ayudan a sanar. Contienen leucina encefalina, sustancia química producida por nuestro propio cerebro, que es mucho más poderoso que la morfina—es un sedante administrada a pacientes en estado terminal, cuyos dolores no ceden con los analgésicos convencionales—las lágrimas es un mecanismo de defensa de nuestro cuerpo, aparecen en el momento en que la persona es agredida por una situación adversa; proporciona alivio y relajamiento. La verdadera sanidad del ser humano vendrá desde dentro de su propio cuerpo”.
Jesús lloró: la empatía del Maestro
Jesús una vez hizo presencia en el lugar donde yacía sepultado Lázaro, consoló a la familia—Juan 11:23. Un gesto de empatía lo revela el Maestro una vez que estuvo frente a María, doliente y hermana del fallecido. “Jesús entonces, al verla llorando, y los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró”. El Hijo de Dios amaba a Lázaro y antes de resucitarlo dejó sentir su alto grado de sensibilidad humana, hacia los demás. El sufrimiento que embargaba a la familia, lo hizo propio. Suavizó las penas de los dolientes una vez que formó parte de ese duelo.
¿Qué aleccionamiento nos deja la actitud del Hijo de Dios?
Mejor es ir a la casa del luto
“Mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; porque aquello es el fin de todos los hombres, y el que vive lo pondrá en su corazón”
Eclesiastés 7:2
Quizás nuestros ojos se han posado alguna vez en el texto leído, y no hemos meditado en su contenido. ¿Por qué el sabio nos exhorta a estar en un lugar o sitio—casa o funeraria—donde hay dolor o sufrimiento y aturdimiento por la muerte de alguien? Tal vez la versión TLA nos ayude a entender las palabras del sabio. “Más vale ir a un entierro que a una fiesta; nos hace recordar que algún día moriremos”. En efecto, es un duro choque con nuestra realidad.
“Porque los que viven saben que han de morir”. Eclesiastés 9:5. Y es precisamente en este ambiente de dolor y tristeza que vemos nuestra verdad. Esta situación nos llama a la reflexión de nuestra vida, ¿cómo estamos delante de Dios? ¿Estamos preparados? Porque la muerte no discrimina y puede estar a la vuelta de la esquina.
A la inversa, estar inmersos en despilfarro, vino, mujeres, etc, en una fiesta, es sólo vanidad, derroche de energía y muerte.
Segunda etapa: la negación
Definición: “Acción de negar o negarse.

Es común en nuestro país mantener la cultura que un hijo por ejemplo, entierre a sus padres; sin embargo, en contradicción a la ley natural que nada es para siempre, algunos padres se niegan aceptar la muerte de un hijo.
Veamos el caso de Jacob—Israel—. Una vez que el resto de sus hijos le comunican la supuesta muerte de José, el más pequeño de su descendencia. “Y él—Jacob—reconoció y dijo: la túnica de mi hijo es; alguna mala bestia lo devoró, José ha sido despedazado. Entonces Jacob, rasgó sus vestidos, y puso cilicio—tormento, mortificación, etc—sobre sus lomos, y guardó luto por su hijo muchos días. Y se levantaron todos sus hijos y todas sus hijas para consolarle; más el no quiso recibir consuelo y dijo: descenderé enlutado a mi hijo hasta el seol—sepultura— y lo lloró su padre”. Génesis 37:33- 35.
Ciertamente Jacob, había dicho que José había sido muerto por alguna fiera, sin embargo, su ser no lo aceptó, ¡Jacob no quería enfrentar el duelo por la muerte de José! Según los psicólogos, “la negación en un duelo por la pérdida de un hijo, es una defensa del individuo para hacer el sufrimiento llevadero, la negación evita un abrumador dolor”. Jacob se refugió en su dolor, rechazando la consolación de su familia, “reprimir o ahogar las emociones, nos hacen esclavos de ellas”. Goleman. La etapa temporal de la negación no nos permite dirigir y coordinar nuestras emociones hacia la realidad en un deceso familiar. Frases como: “¿Por qué yo?” se escuchan con frecuencia frente a un agobiante sufrimiento. Pasada la etapa de negación, puede presentarse:
Tercera etapa: el sentimiento de culpa
Definición: “Es una vivencia psicológica que surge a consecuencia de una acción que causa un daño y que provoca un sentimiento de responsabilidad. También puede surgir por la omisión intencionada de un acto”. Fuente: Enciclopedia Salud.
Todos alguna vez en la vida enfrentamos la muerte de un miembro de la familia de forma diferente, depende de muchos factores como estado emocional, madurez, y en grado variable el tipo de relación que tuvo en vida con el pariente fallecido. Causa dolor, angustia e incertidumbre. Sin embargo, el deceso de un hijo, como expusimos, es impactante, desgarrador e insufrible, como lo experimentó David una vez que pierde a su hijo único Absalón.
El segundo libro de Samuel declara que Absalón se había sublevado contra su padre David. David era el rey de Israel, cuyo trono buscaba su hijo. El rey, lo había percibido. “Y dijo David a Abisaí y a todos sus siervos: he aquí, mi hijo que ha salido de mis entrañas, acecha mi vida”.
Absalón, en un intento de derrocar a su padre, muere enredado en las ramas de una gran encina—2da Samuel 18:9—. Una vez que los servidores de David hallan el cuerpo se enfrentaron a un gran dilema: ¿Quién trasladaría la noticia al rey? Resuelven enviar a dos mensajeros Ahimaas y a un etíope. Ahimaas llegó primero; el rey esperaba pacientemente el regreso de su ejército que peleaba contra las fuerzas combativas que lideraba Absalón. Era una guerra entre los mismos israelitas. El rey recibe al primer mensajero y nervioso pregunta: ¿El joven Absalón está bien? Sin embargo, el mensajero contesta con evasivas a su pregunta—verso 29—.
El sentimiento de culpa que conmocionó a David
Luego llegó el etíope a su presencia y el rey pregunta nuevamente: ¿El joven Absalón, está bien? La respuesta del etíope fue mesurada pero firme. “Como aquel joven sean los enemigos de mi señor el rey, y todos los que se levantan contra ti para mal".

“Entonces el rey se turbó, y subió a la sala de la puerta, y lloró; y yendo decía así: ¡hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!”
El dolor desgarraba el alma del rey; lloraba copiosamente, nombrando reiteradamente el nombre de su hijo, quizás para plasmarlo en su alma para siempre. Un verdadero drama en la vida de David, que tal vez no daba crédito a la fatal noticia; el sentimiento de culpa emergió de su alma. ¡Quién me diera que muriera en lugar de ti! Tal vez el rey se preguntaba: ¿En qué fallé en la formación de mi hijo? El rey por sus múltiples obligaciones en el palacio, perdió el vínculo con Absalón. David amaba a su hijo, pero quizás no hubo tiempo de escucharlo, de abordar sus necesidades, de allí su extravío.
Cómo superar el sentimiento de culpa
Así como el rey existen padres que pierden a sus hijos por la misma situación y sufren las distintas fases que implica un duelo. Destaca el sentimiento de culpa, sin embargo, no existe un tiempo preciso para este proceso; cada individuo es diferente. El sentimiento de culpa se eliminará gradualmente, una vez que tomamos la iniciativa de perdonarnos a nosotros mismos; el deseo de abandonar el resentimiento por el reconocimiento de que se han cometido errores en un tiempo de relación padre e hijo; y lo mejor, obtener el provecho posible de este amargo evento para mejorar nuestras relaciones con los demás; intentar reestructurar las ideas racionales, y mejorar la autoestima. La vida sigue y no es posible encasillarnos en un pasaje que nos produce sufrimiento ante lo irreparable, lo peor, trasladarlo a la familia.
De persistir el sentimiento de culpa, el individuo necesitará asistencia psicológica, para evitar el desencadenamiento de una depresión.
Volviendo al episodio de David, superó el duelo y el sentimiento de culpa que lo embargaba—2da Samuel 19:5-9. Jehová le otorgó otro hijo: Salomón, cuyo traspaso de mando al poder fue propiciado por el propio David. 1ra Reyes 1:30.
Cuarta etapa: la aceptación
Queremos compartir con usted esta interesante definición de la aceptación de un duelo como punto final de las distintas etapas de dolor, negación y sentimiento de culpa. “Se acepta finalmente la irreversibilidad de la muerte encontrando una reconciliación con la realidad. En este camino, será el doliente que vuelva a tomar el protagonismo de la vida haciendo las paces con el dolor y pensando en el presente que en el pasado devastador, reencontrándose con la calidez de la familia”. Fuente: Manejo del Duelo.
Otra fuente expone: “el duelo es el proceso de adaptación emocional que sigue a la pérdida de un ser querido”.
Enfrentar un duelo no significa borrar de nuestra mente a un ser amado que se fue; sin embargo, ante lo irreversible del episodio, debemos acostumbrarnos a caminar sin ellos por la vida. Nuestros padres, por ejemplo, después de lidiar con nosotros toda una vida, mueren; sentimos un vacío en nuestro ser, abonado con la soledad, tristeza y desgarrador dolor. Aun así enfrentemos el duelo vaciando nuestro ser de lágrimas—que ayudan a sanar nuestras heridas— confrontemos con estoicismo el dolor, no reprimiendo nuestras emociones o nos volvemos esclavos de ellas. Reconozcamos nuestra verdad aunque difícil, pero la vida sigue sin ellos.
El duelo de Israel por la muerte de Moisés
Veamos el sufrimiento y dolor que experimentó el pueblo de Israel una vez que muere su dirigente Moisés. “Y lloraron los hijos de Israel a Moisés en los campos de Moab treinta días; y así se cumplieron los días del lloro y de luto de Moisés”. Deuteronomio 34:8. ¿Cómo no llorar y sufrir la muerte de aquel gran varón? Había sido el medio que Jehová utilizó para sacarlos de la esclavitud de 430 años de Egipto.
Fue el legislador que organizó el pueblo en todos los ámbitos: sociales, económicos, religiosos, ambientales, salud entre otros. Medió por ellos ante Jehová, una vez que se rebelaban, a tal punto que el Señor quiso raerlos de la tierra— Deuteronomio 9:14—. El pueblo amaba y respetaba a su líder y estaba presto a cumplir su última gran misión: conducirlos a la tierra prometida. Indiscutiblemente era el corolario o conclusión de la gran empresa que había iniciado en Egipto. Sin embargo, por voluntad divina, Moisés no concluye su misión y fallece justo antes de lograr esa gran hazaña.
Los israelitas con profundo pesar y dolor entraron a la tierra de promisión sin el acompañamiento de su líder que había quedado atrás sepultado. No obstante, la nación se adaptó gradualmente a su nueva dirigencia y continuó el curso de la vida.
Una reflexión para el lector ante la muerte
La parte final de este artículo lleva dedicatoria a usted apreciable lector que visita nuestra página o lee este escrito y no ha recibido al Hijo de Dios en su corazón; reflexione, medite, de su vida actual que quizás le proporcione todos los medios para vivir decorosamente, o de otra condición social. Esta vida pasa, la muerte no es excluyente; a todos llega tarde o temprano; piense, si la muerte lo sorprende en la etapa de la inconversión seguro que enfrentará un juicio dictado por el Señor Jesucristo en el día final.
Tal vez en un evento de duelo que haya asistido para consolar a un deudo, algún predicador haya citado Juan 11:25. “Le dijo Jesús: yo soy la resurrección y la vida; y el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá.” Este versículo mal interpretado anima a mucha gente a continuar con su pecaminosa vida; Pablo ratifica el sentido bíblico a la expresión del Maestro. “Aun estando nosotros muertos en pecado, nos dio vida juntamente con Cristo”. Efesios 2:5.
En otras palabras, el Señor da vida a aquellos que una vez renuncian a sus prácticas mundanales, que estaban muertos en pecado, pero no a alguien que en vida rechazó su propuesta de salvación “Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen—personas fallecidas—para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza”. 1ra Tes 4:13. “Porque está establecido que los hombres mueran una sola vez, y después el juicio”. Hebreos 9:27. No obstante,
“todavía hay esperanza para todo aquel que está entre los vivos”
Eclesiastés 9:4
¡Escape de la muerte segunda!
Por ello, apreciable lector, ¡escape de la muerte segunda! aceptando o admitiendo a Cristo en su vida. “Porque este mandamiento que yo te ordeno hoy no es demasiado difícil, para ti, ni está lejos. No está en el cielo para que digas: ¿quién subirá por nosotros al cielo, y nos lo traerá y nos lo hará oír para que lo cumplamos? Porque muy cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón para que la cumplas”. Deuteronomio 30:11 y 14. ¡En sus manos está la decisión de su vida!
Esta exhortación va también para los miembros de nuestra amada iglesia que no deciden aún bautizarse, quizás han transcurrido cinco, diez o más años de congregarse; de hecho ya se acomodaron, ¡el tiempo apremia! El pacto con el Señor es un requisito para luchar por la vida eterna; arregle su situación con el Señor en vida, no espere que la muerte le sorprenda y sufra las consecuencias una vez que encare el juicio postrero. Recuerde que: “el que creyere y fuere bautizado será salvo". ”Marcos 16:16.
A los miembros bautizados que mantienen la fidelidad al Señor hasta morir, la muerte no es más que un brevísimo receso hacia la salvación.
“Porque para mí, el vivir es Cristo y el morir es ganancia”
Filipenses 1:21
Concluído
Preguntas frecuentes
¿Cuáles son las etapas del duelo que describe el estudio?
El estudio describe cuatro episodios que pueden presentarse en un proceso de duelo: el aturdimiento, la negación, el sentimiento de culpa y, como punto final, la aceptación. No existe un tiempo preciso para cada fase, pues cada persona es diferente.
¿Qué debemos decir al consolar a una familia en duelo?
Hay que ser precavidos y empáticos. El estudio aconseja no decir “murió por voluntad divina”, porque el deudo puede estar en conflicto con Dios. Si no atinamos qué decir, es mejor callar y quedarnos junto al doliente (Proverbios 15:23 y 17:17).
¿Es bueno llorar la muerte de un ser querido?
Sí. Según el estudio, las lágrimas son un gran alivio para el alma y el inicio de un camino terapéutico. El mismo Jesús lloró ante la tumba de Lázaro, mostrando empatía con María y con la familia que sufría (Juan 11:33-35).
¿Cómo superó David el sentimiento de culpa por la muerte de Absalón?
David lloró amargamente y quizás se preguntó en qué había fallado con su hijo, pero superó el duelo (2 Samuel 19:5-9). El estudio enseña que la culpa disminuye al perdonarnos a nosotros mismos y aprender de lo sucedido; si persiste, conviene buscar ayuda psicológica.
¿Qué enseña la Biblia sobre la esperanza ante la muerte?
Que la muerte llega a todos y después viene el juicio (Hebreos 9:27), pero “todavía hay esperanza para todo aquel que está entre los vivos” (Eclesiastés 9:4). El estudio exhorta a aceptar a Cristo y hacer pacto con Él en vida.
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