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La ley de Dios contra la ley del pecado

“¿Qué diremos, pues? ¿la ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la CODICIA, si la ley no dijera: No Codiciarás”

Romanos 7:7

Esta temática ha sido objeto de diversos enfoques por los estudiosos de la palabra de Dios; en cuyo análisis se contextualiza la lucha férrea entre la ley de Dios y la ley del pecado. Algunos exégetas sostienen la tesis que la batalla de Pablo—quien escribió esta carta—se vio afectada por la presión de la ley del pecado, cuyo señorío era imbatible. ¿Acaso Pablo y sus consiervos claudicaron ante las exigencias de la carne? ¿En que medida la ley de Dios asentada en la mente del hombre puede desvanecer los efectos del pecado? En esta temática intentaremos explicar el verdadero sentido escritural que el apóstol nos presenta en esta epístola.

La vida al margen de la ley de Dios

Antes de entrar a la parte medular de este estudio, explicaremos a la luz del canon divino como es la vida del hombre cuando vive al margen de la ley de Dios. Presentamos el enunciado paulino: “Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte”. Romanos 7:5—Versión Valera—. La última parte de este versículo nos indica que nuestros miembros llevaban fruto para muerte. ¿Por qué?

El mismo trozo aludido responde: “Porque mientras estábamos en la carne…” El hombre alejado de Dios y sus mandamientos es vulnerable y presa fácil de los deleites del mundo que son: “Las pasiones pecaminosas que eran por la ley”, es decir, que la ley de Dios es un espejo en el cual el hombre puede observar las restricciones que Dios establece en la misma. Cuando el hombre quebranta esta ley, entonces lleva fruto para muerte. La versión Al Día nos ilustra mejor esta parte.

“Cuando nuestra naturaleza vieja estaba activa, los deseos pecaminosos actuaban dentro de nosotros; nos hacían desear lo que Dios había prohibido—a través de la ley—y producían en nosotros el fruto maligno de la muerte”. En efecto, la ley de Dios refleja los mandamientos—diez—que el hombre precisa identificar para vida. “Que diremos, pues, ¿la ley es pecado? En ninguna manera, pero yo no conocí el pecado sino por la ley, porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera no codiciarás”. Romanos 7:7.

Sin ley, el pecado está muerto

Pablo, continua esta narración en el versículo 8. “El pecado aprovechó la oportunidad, valiéndose de ese mandamiento, y produjo en mí toda suerte de codicias, mientras que sin ley el pecado era cosa muerta”. El apóstol reitera, que el mandamiento que se infringe produce pecado, y no existiendo ley el pecado es muerto; es decir, si no existe restricción de la ley, hay ausencia de condena.

La versión Al Día es más clara en la traducción en esta parte: “La ley no es pecado, pero fue la ley la que me enseñó que en mí había pecado. Jamás me habría dado cuenta del pecado que había en mi corazón, ni de todos los deseos perversos que encerraba, si la ley no me hubiera dicho: no darás albergue en tu corazón a los deseos impuros. Pero el pecado usó aquella ley que condena los deseos perversos para despertar en mí los deseos impuros. Si no hubiera ninguna ley que transgredir, técnicamente nadie pecaría”. Romanos 7:8. Pablo en esta parte ratifica el valor de la ley de Dios una vez que la persona reconoce que ha quebrantado el mandamiento, y lo adopta como una brújula que orientará su vida hacia la perfección.

Brújula con los puntos cardinales

La ley es santa, justa y buena

“Por eso, antes de entender lo que la ley demanda realmente, me sentía bien—una vez que existe ignorancia acerca de los mandamientos de Dios—, pero cuando los entendí, comprendía que había quebrantado la ley y que estaba sentenciado a muerte por pecador; es decir, que la santa ley de Dios que debía haberme mostrado el camino de la vida—a través de la obediencia—me condenó a muerte por transgresión. Porque el pecado me engañó pues tomó las santas leyes de Dios y las usó para hacerme digno de muerte”.

Por eso, Pablo es categórico al afirmar que: “De manera que la ley a la verdad es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno”. Romanos 7:12. Una vez que el siervo de Dios encuentra la senda de la vida, a través de su conversión y obediencia muere a la ley. “Así también vosotros, hermanos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos frutos para Dios”. Romanos 7:4.

Pablo señala que el siervo de Dios una vez regenerado ha muerto a la ley. ¿Cómo? “Porque los que hemos muerto al pecado, como viviremos aun en él? Romanos 6:12. O sea que el hijo de Dios se abstiene de pecar y por ende, la ley no lo condena, sin embargo, la ley de Dios condena a todos los que la trasgreden. “Conociendo eso, que la ley no fue dada para el justo, sino para los trasgresores, desobedientes, para los impíos, y pecadores…” 1ra de Timoteo 1:9.

Yo soy carnal, vendido al pecado

Retomando nuestro estudio volvemos a la carta a los Romanos. “Porque sabemos que la ley es espiritual, más yo soy carnal, vendido al pecado”. Romanos 7:14. No obstante, que el apóstol poseía un alto grado de espiritualidad, la lucha contra la carne era de continuo.

La versión Latinoamérica nos ofrece su propia traducción: “Sabemos que la ley es cosa espiritual, pero yo soy de carne y hueso, vendido como esclavo al pecado”. ¿Por qué la batalla de Pablo contra su propia carne? Una vez convertido al evangelio, el apóstol había renunciado a su antigua manera de ser. “Y Saulo asolaba la iglesia y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y mujeres…”. Hechos 8:3. En su conversión tenia que luchar contra aquellos “fantasmas” que emergían de su pasado. Era el viejo hombre.

–Efesios 4:22—que había mantenido el gobierno sobre él. El propio Pablo en una de sus epístolas alude a la renovación o cambio, del viejo hombre a una nueva criatura. “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas”. 2da Corintios 5:17. Así, este cambio traería implicaciones que afectaría la vida de Pablo.

Las conductas que traemos del mundo

Y es que todos los nuevos conversos de la fe de Jesucristo—al igual que Pablo—traemos del mundo conductas que practicamos a lo largo de una vida. El texto de psicología social ilustra mejor esta parte. “Lo que heredamos de nuestros padres es un código genético que va ir marcando nuestro desarrollo físico, por lo que es probable que heredemos una cierta predisposición temperamental. A menos que hablemos de conductas básicas, el resto son adquiridas a lo largo de nuestra vida mediante el aprendizaje. Además, existe un fenómeno que se conoce como reactancia. Esto es, contrario a aquella que los demás desean imponernos”.

Así se explica lo que afirma Pablo en el siguiente trozo. “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero sino lo que aborrezco eso hago. Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena”. Romanos 7:15 y 16. Esta es la resistencia de nuestros miembros al oponerse al cambio que el Espíritu de Dios opera en nosotros.

“Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis”. Gálatas 5:17. Es una batalla que se registra en lo interno del hombre. La lucha es de dos naturalezas: la divina y la humana, ésta última, como expusimos previo a la conversión tenia el imperio sobre nuestro cuerpo. “Cuando nuestra naturaleza vieja estaba activa, los deseos pecaminosos actuaban dentro de nosotros, nos hacían desear lo que Dios había prohibido produciendo la muerte”. Romanos 7:7. Versión Al Día.

El hombre interior

Pablo, concluye esta parte exponiendo en la carta a los Romanos. “Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios, pero veo otra ley en mis miembros, que se revela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros”. Romanos 7:22 y 23. Analicemos por partes las palabras que vierte Pablo en este trozo. “Porque según el hombre interior me deleito en la ley de Dios”. ¿Quién es el hombre interior?

“Y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad”. Efesios 4:24. El hombre interior que menciona el apóstol, es un hombre regenerado, que ha desechado al viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos—Efesios 4:22—, y renovado en el Espíritu de su mente—Verso 23—. Como lo explica la versión Al Día. “Sí, revístanse de la nueva naturaleza. Sean diferentes, santos y buenos”. Efesios 4.24.

La ley de Dios en la mente y la ley del pecado en los miembros

El versículo 23 de Romanos 7 revela dos aspectos importantes que trasciende en la vida espiritual del hijo de Dios. Primero: Que la ley de Dios se posesiona en la mente del hombre. ¿Por qué precisamente se ubica en ese lugar del cerebro? Según el texto de psicología social define la mente “como la capacidad del sistema nervioso de ser consiente de sus propios procesos, y capaz de decisión y propósito”. Cuando la naturaleza divina sustituye a la naturaleza de la carne, la mente del siervo de Dios tiene la capacidad de resistir los estímulos de la carne y evita la concepción del pecado.

Segundo: “Y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros”. Pablo en esta porción manifiesta el constante desafío de la ley del pecado contra la ley de Dios que está asentada en la mente del hombre. ¿Por qué ese cautiverio que trasciende hasta sus propios miembros? ¿En que circunstancias nos hacemos esclavos de la ley del pecado? ¿Acaso tenemos que luchar contra las secuelas del viciado viejo hombre? Pablo exhortaba a la iglesia de Éfeso a no reincidir en los vicios del pasado.

“Por lo cual, desechando la mentira hablad verdad cada uno con su prójimo…El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje… ninguna palabra corrompida salga de vuestra boca, etc”

Efesios 4:25, 28 y 29

Y es que la ley del pecado va más allá de afectar nuestra parte somática— cuerpo—afecta también nuestra psiquis: personalidad, imaginación, voluntad, decisiones, etc, como está escrito: “Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia”. Efesios 4.31.

Ahora bien, ¿Cómo podremos conseguir revertir nuestra vieja naturaleza?

¿Cuál es la fórmula?

La ley de la libertad

Esta es la ley de Dios la cual hemos mencionado en el desarrollo de esta temática. Queremos abordarla desde otra perspectiva.

“Ustedes serán verdaderamente mis discípulos cuando vivan como yo les he enseñado. Entonces conocerán la verdad y la verdad los libertará”

Juan 8:32

El apóstol defendió su liberad a pesar de tantas circunstancias adversas que tuvo que encarar durante su ministerio; inclusive lidió contra sus adversarios que mantenían la tesis de la vigencia de la ley de Moisés, en tiempo de la gracia. “Y esto a pesar de los falsos hermanos introducidos a escondidas, que entraban para espiar nuestra libertad que tenemos en Cristo Jesús, para reducirnos a esclavitud”. Gálatas 2:4. El apóstol una vez convertido al evangelio cuidó con diligencia a no ser más esclavo de la ley de Moisés, con todas sus ordenanzas.

¿Cómo debemos manejar nuestra libertad?

Ahora bien, en la era de la gracia, ¿cómo debemos manejar nuestra libertad? Si el Señor nos hizo libres del pecado, debemos mantener nuestra integridad en todos los ámbitos de la vida. ¿Cómo matamos nuestra libertad? Por ejemplo, cuando existen relaciones extramaritales, hurtos, fornicación, etc. Una vez que se comete cualquier ilícito nos volvemos esclavos del pecado, perdemos nuestra libertad y nos ponemos al margen de la ley de Dios.

Esto último es mal comprendido por el sector evangélico que no alcanza a discernir que no puede existir libertad en una persona que viola la ley de Dios. Veamos un ejemplo: En derecho existe la libertad condicional, es decir, que el reo que abandona la cárcel está advertido a no delinquir, por el tiempo que la ley establece. Si hubiese reincidencia, este volverá a prisión porque la ley así lo demanda.

Nosotros antes de nuestra conversión, el pecado era nuestro deleite viviendo desenfrenadamente de los placeres del mundo, sin embargo, una vez que conocimos a Cristo, nos hizo libres. ¿Pero, esa libertad es definitiva? En este contexto ¿cuál es la respuesta de la palabra de Dios ? Traemos a colación el caso de la mujer adúltera que describe el evangelista Juan; ciertamente el Señor le otorgó su perdón, pero, ¿fue definitivo?

A la pregunta que le formula el Maestro a la mujer pecadora que donde estaban los que la acusaban, ella responde que nadie la había condenado, entonces Jesús le dijo: ni yo te condeno; VETE Y NO PEQUES MÁS”. Juan 8:10 y 11.

Mujer arrodillada a los pies de Jesús

Fieles hasta la muerte

En la exhortación que hace el Señor a la iglesia la llama a mantenerse fiel hasta la muerte: “"Este, cuando llegó, y vio la gracia de Dios, se regocijó, y exhortó a todos a que con propósito de corazón permaneciesen fieles— honestos, leales, etc—al Señor" ”. Hechos 11:23. “Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel”. 1ra de Corintios 4:2. “Se fiel hasta la muerte, yo te daré la corona de la vida”. Revelación 2:10 última parte, etc.

Con los ejemplos presentados entendemos que nuestra libertad está condicionada. El propio Pablo que lidió contra la ley del pecado asida en sus miembros—Romanos 7:25—, no estaba seguro de alcanzar la salvación. “Si en alguna manera llegase a la resurrección de entre los muertos. No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir—tomar, agarrar, etc—aquello—la vida eterna—para lo cual fui también asido por Cristo Jesús. Filipenses 3:11 y 12.

La victoria sobre la ley del pecado

Finalmente, Pablo salió victorioso después de una lucha constante contra el pecado, ¿cómo lo logró?

“Porque la ley del Espíritu—ley espiritual o ley de Dios— de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y la muerte”

Romanos 8:2

Concluimos esta temática con esta interrogante ¿Queremos ser verdaderamente libres de la ley del pecado que aflige nuestros miembros? Escuchemos el consejo divino. “Más el que mira atentamente en la perfecta – excelente, impecable, maravillosa, etc—ley de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace”. Santiago 1:25.

La versión Al Día presenta aun con más claridad su traducción en esta porción: “Pero el que mantiene la mirada fija en la perfecta ley que Dios ha dado a los hombres libres, no solo la recordará sino la obedecerá siempre y Dios lo bendecirá en todo lo que haga.

Concluido

Preguntas frecuentes

¿La ley de Dios es pecado?

No. Pablo responde “en ninguna manera”: por la ley conocemos el pecado (Romanos 7:7). El estudio explica que la ley es santa, justa y buena (Romanos 7:12) y que funciona como una brújula que orienta la vida hacia la perfección.

¿Qué es la ley del pecado según Romanos 7?

Según el estudio, es la fuerza que actúa en nuestros miembros y se rebela contra la ley de Dios que está en la mente (Romanos 7:23). Afecta el cuerpo y también la psique: la personalidad, la voluntad y las decisiones.

¿Por qué Pablo luchaba contra su propia carne?

Porque, como todo nuevo converso, traía conductas aprendidas en su vida anterior, cuando perseguía a la iglesia (Hechos 8:3). El estudio muestra que aun con alta espiritualidad la lucha era continua: “yo soy carnal, vendido al pecado” (Romanos 7:14).

¿Qué es la ley de la libertad?

Es la misma ley de Dios vista desde otra perspectiva. Quien mira atentamente en la perfecta ley de la libertad y la practica será bienaventurado (Santiago 1:25). El estudio advierte que el pecado nos vuelve esclavos y nos hace perder esa libertad.

¿Cómo venció Pablo la ley del pecado?

“La ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte” (Romanos 8:2). El estudio concluye que Pablo salió victorioso tras una lucha constante, permaneciendo fiel.

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